El tejaván

November 25, 2005

Iba a iniciar esta nota hablando sobre el pórtico de mi nueva casa, aquí en Villa Pesqueira, pero no encontré la palabra con que se designa en Sonora a estas galerías techadas que pueden dar a un jardín frontal o a un patio interior. Esto de pórtico es muy inusual por aquí. (El término seguramente lo aprendí hojeando diccionarios o en la columna del saltillense Catón.) Acá se les dice tejavanes —pronúnciese tejabanes, que es más amable—. El término no aparece en la más reciente edición del DRAE; sin embargo, encontramos tejavana, que significa edificio techado a teja vana: lo mismo, pues. Cobertizo, que es sinónimo de tejavana, es un tejado que sale fuera de la pared; es también un tejaván. Insisto, entre paréntesis, que es más amable, tanto para la pronunciación como para la vista, tejabán, con b labial, palabra utilizada con mucha frecuencia en internet, según Google, para designar la misma cosa.
  El tejaván de mi casa, entonces, fue construido, según una pinta blanca, en 1918. La casa es más vieja que eso: antes, el pasillo que cubren unas láminas viejas, asegura mi madre, estaba destapado. El caso es que da a un patio trasero cerrado por tétricos árboles frutales; un patio largo que termina en la barda que lo separa del Río Mátape, ya muerto por la eterna sequía. En ese hoyo negro, en ese infierno impenetrable, yo que orinaba tímidamente frente al maléfico espectáculo, se tensan las cuerdas de los gatos y se rasgan, escuché cómo se alejaban, como en una pesadilla, unos quejidos caninos que sufrían, y otros, más parecidos a los gruñidos de los lobos, que torturaban. Los pasos apagados, las escamas que se arrastran, el silbido desesperado del aire que se cuela entre las ramas que se agitan, se congregan en la armonía siniestra, se conciertan, toca su majestuosidad mi pequeño corazón apesadumbrado.
  —No creo en lo sobrenatural —susurro—. Si con lo natural me basta.

Un murciélago camina de cabeza bajo el tejaván, y yo pienso parece una rata. Corro por la cámara fotográfica, con fascinación, con miedo. Josué un foquito rojo en la computadora que me saluda, hola Iván, tomo la cámara, tengo miedo, Josué. El murciélago ¿podría chuparme toda la sangre?, pienso. Salgo. Lo encuadro. Me distraigo, doy un paso atrás, viro, prendo un foco, vuelvo. El murciélago despliega sus alas y se pierde en el jardín, se sumerge en esa lava oscura, en una escena de película, y yo me quedo quieto, así nomás.

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