Tendero
December 6, 2005
No sé de grados, pero sí de que tengo un chingo de frío. El frío se me clava en la nuca, ahí, precisamente ahí. Con todo, y porque Servando me traería calor y cogidas sensacionales con las que soñé varios días, me bañé con una cara de idiota feliz bajo el agua helada, me vestí coquetón, me pasé un meñique cargado de humectante por los labios y salí a mitad de la noche, con la miradilla juguetona de las putas, a esperarlo en la plaza del pueblo. No se hace ni una hora desde la ciudad, así que no tardaría mucho.
Los huevos se reducen a pasitas duras en un clima tan jodidamente crudo. Y sin embargo, el solo hecho de imaginarme los lengüetazos que este cabrón hijoputa me daría en la piruleta, me ponía un cabezón, pum pum, latiendo en la entrepierna, pum pum, enrojecido, loco.
Aunque confieso que lo que más me pesa no es el puñal de hielo en la nunca, tampoco que Servando quiera Dios se haya matado en la carretera, sino que, afuera del minisúper de Espinoza, frente a la plaza, mi deseo no hubiera podido despertar a Espinoza y hacerlo venir hasta mí, y su mano, ah conduciéndome a un cuarto pequeño y desnudo, a un colchón apolillado, al fuerte sabor de su robusta verga, no envolviera a la mía como cuando de día me clava los ojos, me sonríe con galanura y me pregunta, tras el mostrador, qué se me ofrece, Iván.
Pequeño mamífero
December 1, 2005
Dentro de mí un pequeño mamífero asustado aguza el olfato por encontrar el camino de regreso, desarrolla la mirada ciega en el lodazal por distinguir la punta de una pestaña de la luna. Dentro de mí esa angustia aúlla lastimeramente. Digo que es el miedo, un yo nostálgico engendrado, un corazón sin consuelo —cof, cof— y enfermo, un periplo sin radio que no navega. A veces son mis ojos los ojos de ese azoro interno,
y me quedo quieto.
Puro amor
November 15, 2005
La soledad de Rodrigo no se aguantó las ganas y vino a vivirse con la mía, trayéndoselo consigo. Se aquietaban una a la otra en las tranquilísimas comidas, en las horas de lectura por las tardes; se espiaban interesadas. Las soledades manejaban su amistad con un entusiasmo cargado de urgencia; habían olvidado por completo a qué debían dedicarse. Se burlaban de vernos tan serios y estirados; de ver a Rodrigo meterse al otro lado de mi cama como en un estuche de silencio; de verme a mí en medio de la noche buscando un resquicio para hablarle.
Rodrigo y yo nos perdíamos en los laberínticos supermercados, en las caminatas por el parque; nos difuminábamos tras cortinas de vapor en los saunas de los gimnasios. Mas donde fuera que estuviéramos cerca, una niña impaciente tomaba mi mano y la aprehendía y me jalaba, y a él un cuerpo pequeñito lo empujaba firmemente, y así nos topábamos al principio con sorpresa, es chico este lugar, después sin darle importancia al encuentro, a las nueve en el carro para irnos. Él se quedaría pensando pobre Pablo, tan joven y ya viudo, como yo me preguntaba cuándo iría a recuperarse este muchacho de la infidelidad de su ex novia.
Cruzábamos la racha amarga de no saber adónde íbamos. Mi vida transcurría por las horas de trabajo con fatiga; el hastío hacía de mí lo mismo en las obligaciones laborales que en los inútiles recreos vespertinos. Rodrigo me decía eres un tipo extraordinario, Pablo, alégrate. Yo lo miraba con ternura, Rodrigo gracias, y pensaba que se iría pronto, en cuanto se sintiera algo mejor: lo extrañaría.
Unas botellas de vino, unas ganas de soltarse llorando, un vértigo en las tripas. Estábamos en el patio trasero, junto a la sombrilla. La tarde se ponía roja de borracha; luego la lluvia intoxicada por la noche nos regalaba un semblante sombrío. Dios, me dije, cuando una jovencita empezó a hurgar en mi entrepierna. Seguro ésta es señorita, está muy chica, pensé. Calla, dijo la voz infantil. Pero, ¿de dónde has salido? Calla, repitió. Callemos, consentí, precipitándola a probar mi sexo. Rodrigo no estaba lejos, con una señorita igual de dulce, igual de joven. Ven, él la llamaba, y ella levantaba su falda con las manos mientras Rodrigo le decía, así: no hablemos. Yo respondía, sí: no hablemos, y él acomodaba en la cavidad exacta de su boca el ardiente y puro amor que yo le ofrecía.
Improvisación
November 10, 2005
Un día el maestro del taller de teatro para principiantes propuso un ejercicio para medir nuestro dominio sobre las emociones: uno de nosotros tendría que exponerse a los insultos y actitudes agresivas del resto del grupo, evitando en todo momento mostrarse ofendido. Todos seríamos el sujeto infamado y provocadores en diferentes tiempos, según nos tocara al deseo del maestro. Creo que fui el primero en escucharlos. Mis compañeros —que no eran más de cinco o seis— me rodearon iniciando la gala de sus dotes, echando mano de todo lo imaginario y lo cierto de mí; ¡no me importaba!: permanecía imperturbable —no conseguirían inquietarme, me dije—. Pero me fijé en uno: él no era un alumno notable, aunque en ese momento empecé a dudar de mi opinión porque todo lo que decía me lastimaba. Comparé sus insultos con los de los demás, y no tardé en darme cuenta de que eran tan poco ingeniosos los suyos: a lo más variantes de lo dicho por los otros. Entonces me dije que efectivamente él era un notable alumno: debía ser la inflexión de su voz, o los mismos conceptos expresados con otras mas justas palabras, o las mismas palabras en un orden distinto pero más efectivo, lo que me hacía perder la traza del ejercicio y afligirme íntimamente. Sin embargo, pronto descubrí que su actitud no era sino vacilante, distraída, por robar palabras que repetía en una secuencia casi inalterada —decía: lo otro y esto; en vez de: esto y lo otro—, y que su rostro y su cuerpo no daban muestra de intención, ni guardaban relación con lo opinado: él no sólo no era un alumno notable, sino que además casi ni podía alcanzarse a decir que fuera uno común. Y todavía así, sabiéndole tan incapaz, tan manifiestamente mediocre en comparación al todo del grupo, de igual manera seguía vulnerándome, pareciéndome, cada vez e inexorablemente, más cruel.
Cuando todos y cada uno fueron expuestos a las acometidas del resto, el maestro pidió que comentáramos nuestras impresiones. Uno a uno mis compañeros hicieron los comentarios acostumbrados; yo levanté el índice más próximo y apunté a aquél, al único que logró herirme, y le dije: Te amo.
Amigas
November 4, 2005
Elizabeth menea con desenfado el absurdamente colosal trasero, dentro de unos pantalones untados que le esconden la flaccidez bofa, pinchi puta. Yo sí que me arreglo: uñas moradas, camiseta old navy mostaza, pantalones rabanne brunos, converse altos parchados, mousse get set para el cabello, look soft punk, banana boat aroma chocolate en los brazos, una capa suave de lip care toronja, máscara en las pestañas. Elizabeth hunde su manaza en la bolsita de frituras y pesca veinte hojuelas de patata trituradas. La estúpida me acerca una pelota de sal y de aceite crujiéndole en el puño: ¿Quieres, Samy? Me quedo mirándola con la claridad de ojos de la manzanilla: No, gracias. Ella dice bueno, sonríe, se traga esa mierda, y seguimos caminando. Su ridículo trasero, que es una presencia aparte, nos sigue, molestándome. Es un amasijo de culo agigantado y obsceno que se revuelve en la fija atención de los idiotas que chiflan desde los carros, o del otro lado de la calle.
—Ay, Samy, qué pegue tienes —me dice Elizabeth.
—Búrlate, pendeja —pienso. Pero digo:— A ver si aprendes.
Velación
November 3, 2005
Acompañé a mi madre a la velación de San Francisco en el Cerro de la Campana de Hermosillo. La cosa pintaba de ponerse aburridísima: ya me había dormido buena parte del trayecto en taxi. Había poca gente afuera de la capilla, algunas mesas ofreciendo menudo, tamales, champurro, duros con verdura, boletos para la rifa de un santito, una carreta de raspados, una tiendita abierta; no el señor de los pirulines de hielo que sí vino el año pasado. Yo me trepé en la alta banqueta como pude, y también como pude jalé a mi madre y nos metimos al fervor infernal de los fieles creyentes, hasta la esquina de las veladoras, donde mi madre le buscó campo en la lámina metálica a las tres que llevaba. Creíamos que era reportero, me dijo una señora más tarde, porque le vimos la cámara y la libretita. Yo había empezado a tomar fotos desde que mi madre sacó las veladoras de una bolsa de súper y se puso a encenderlas con sus guerrilleros, y no dejé de hacerlo ni cuando vi las caras interrumpidas de las señoras del rosario, ni cuando los gestos retorcidos de los compungidos pecadores se descompusieron aun más en la sorpresa de los flashes.
Despuecito de la medianoche empezaron a sonar las músicas de los conjuntos de embrutecidos ejecutantes de cantina, que además de mañanitas le tocaban despropósitos a San Francisco. Yo aún sigo enamorado, desentonaban ardorosamente, de ti, mi linda esposa. Y mi linda esposa San Francisco no era sino una roca, luminosa y desgastada por las tantísimas manos y las purísimas caricias, que yacía indiferente, despreocupada de los poemas musicalizados para quinceañeras, o de los brindis de año nuevo que no dejaba de cantarle, de aplaudirle la turba vehemente, enceguecida.
Qué es eso, me preguntó un niño apuntándome al pecho con la uña del índice repleta de mugre. Al rato ya tenía a media docena jugando a escapársele a la foto. La señora que vino por uno de ellos me miró algo seria, luego curiosa: ¿es reportero? Mi mamá seguía adentro, enflaqueciéndose la pobre, pensaba. Comprobé los cinco pesos en el bolsillo y me fui a comprar una soda al puesto de los tostitos. Mi madre, cuando regresé al ahogo, ya rodeaba con un quinteto de primas suyas, mañosas y hablantinas como ella, la cafetera eléctrica del altar y la charola de los panes. Yo, que estaba nuevamente sediento, y cuando se fueron a las bancas los vejestorios, me preparé un delicado café con crema, una cucharita de azúcar, tomé la concha petrificada y me fui a aplanar junto a los dos o tres vagabundos que se agazaparon en el fondo del recinto desde que la algarabía, feliz y desdichada a un tiempo, se fue siguiendo a los cantores hasta el otro lado del cerro.
Ya poco quedaba del festejo. Las dueñas de los puestos habían desmantelado sus mesitas, los niños revoltosos ya habían cobrado, unos dos tamales y una horchata, otros tres cigarros y dos chicles, por barrer el empedrado. Adentro, en la capilla, dormían los vagos felices, un par de señoritas crepusculares domaban con paciencia a un loco inofensivo que las requería en amores, mi madre y sus primas seguían una conversación casi inaudible, como el cacareo lejano y profundo de gallinas prehistóricas, mientras yo, descalzado, a gusto, devoraba con delicia las páginas benévolas de un relato erótico.
Nalguitas de ángel
November 3, 2005
Anoche me tomé algunas fotos en el culo. Jamás lo había hecho: como la mayoría de la gente, supongo, sólo me lo conocía a través del tacto. Un culo desafortunado, me parecía, y es todo: la piel no era suave, sentía algunos granos dolorosos, pequeñas costras que arrancaba clavándoles las uñas: nada del otro mundo. Sin embargo, me decía, mi culo era bello: un prado endurecido pero generoso, rosado, con algunos pétalos encarnados, arena de playa en el verano de mis veinticinco años. Pero, como dije, anoche me tomé algunas fotos. Ah, culo miserable, asqueroso. Un terreno asolado por la vejez prematura del sillón cerrado, caliente, sofocante. Un camino de cráteres consecutivos, un terreno minado, sin escapatoria ante los puntos negros. Pobres nalgas enrojecidas, doloridas, a punto de desangrarse. No sé cómo he podido sentarme durante estos últimos años.
Encendí un cigarrillo. Dejé correr de nuevo la presentación de mis fotos en la pantalla de la computadora. Luego la interrumpí para hacer acercamientos. Este camino estrecho que veo aquí, opaco, debe ser por donde camina la mierda cuando voy al baño. ¿Por qué se ve así? Cualquiera diría que cago lumbre y que esto no es sino un sendero quemado. Encendí otro cigarro. Entonces recordé cuando Abel se quedaba mirándome por horas el trasero de mis 12 años, acariciándolo, apretando duro cada glúteo. Aquí, en la base, se forman dos bolsitas; la gravedad, la grasa excesiva, han deformado lo que fueron mis nalguitas de ángel. Abel las besaba, las tomaba con sus manos por entero, luego deslizaba un dedo más allá de la corona recelosa. Parece que la majestad altanera de mis nalgas se me hubiera escurrido hasta las bolsas, dejándome las trazas consumidas. Abel entraba suave, giraba dentro, me pedía que aflojara, que tensara al ritmo de un compás muy cadencioso.
Encendí el tercer cigarro, pero lo apagué de inmediato. Me levanté trabajosamente del ámbito asfixiante del sillón, me desnudé de todo, tomé una toalla limpia y me sequé las nalgas empapadas. La toalla quedó cargada de un hedor fétido insoportable. La lancé contra el suelo y me tiré a chillar sobre la cama. Mis nalgas retemblaban, se estremecían. Abel las contempló largamente, con ternura, como siempre.
Joto
November 3, 2005
—¿Tienes un cigarro, güero? —me preguntó un hombre mayor, alto, medianamente atractivo, algo sucio. La noche estaba caliente.
Su pantalón, viejo, raído, traía escondido el humor de antiguas eyaculaciones. Deseo, recordé, mientras jalaba con los dientes la bolsa aguada de sus testículos. Maniobraba con un interés ciego el desdeñoso pene de ese hombretón somnámbulo de placer. La noche me asolaba inclemente.
Iba a una fiesta, dije, y salí de mi casa. Deseo. La noche era cálida y necesitaba paliar el hambre que me inquietaba insoportablemente las nalgas. Algo me quemaba el pecho, como una necesidad de lenguas bífidas y escamadas hiriéndome los pezones.
—Buenas noches —le dije con un hilito de voz al taxista.
—¿Y eso, güero? ¿Adónde te llevo?
Había amargura en su pene, pero también tamaño. El pelaje pélvico, despeinado, era espeso. Aquel amuleto perezoso y desprestigiado.
—Toda —ordenó, hundiéndome su arma preciada, como la última de valía que tuviera ante el mundo. El pene se revolvió en mi boca, hinchándose viril en la cima del estallido.
Me sentía devaluado, un enfermo. No conseguiría liberarme de la sensación de su brazo afirmado a mi cintura, de sus dedos rústicos y violentos abriéndome de lleno el culo, dilatando mi estrechez juvenil con la urgencia de sus años.
—Aquí tiene —le dije, soltando el cigarro en su asiento, ojos de pasión entonados.
Disculpe, mientras le toqueteaba las piernas. Tomé el cigarrillo al tiempo en que su mano atrapó a la mía, dirigiéndola al corazón de su entrepierna, de donde me pesqué con la furia de las últimas oportunidades.
Ya no aguantaba. Traía el deseo atorado en la garganta. Hacía un mes que andaba haciéndome tonto con una novia a la que ni deseaba ni quería. El terror de ser descubierto por mis padres me llevó a tejer este plan de convertirme en un hombre bueno.
—¡Y pobre de ti que nos salgas con un chistecito de ésos! —me advirtió mi padre después de que la madre de Federico le dijera a la mía que no sabía qué hacer, su hijo le había confesado ser homosexual.
Federico era mi mejor amigo, un chico encantador. Se me había declarado una noche con un simple te amo, niño, después de una lucha de almohadazos en mi casa, mientras mis padres paseaban el fin de semana en un pueblo.
Esa noche nos amamos.
—Voltéate, güero. Te la voy a dejar ir de perrito.
Federico había sido delicado y tierno. No sabía si era cosa nueva o había sido así desde hace cuánto, pero él me enamoraba con sus maneras de abrazarme, de persuadir y abrir mis piernas.
—No, señor; sólo quería mamarla.
Después le dije a Federico que no podíamos seguir viéndonos, que me había dado cuenta, que entendiera, que lo nuestro no era nada bueno, y lo saqué de mi casa, y le cerré la puerta, y le colgué las llamadas, y le eché a mis padres a amenazarlo, y lo pasé de largo indiferente, él todavía creyendo, esperando, y yo convenciéndome, combatiéndome por dentro para olvidarlo, y mi madre presumiendo mi noviazgo con una niña lindísima, comprándome condones, haciéndose inmortal en la fantasía de una futura descendencia.
—Nada de no quiero, joto. Si de esto pides tu limosna, pinche puto. ¡Toma, toma! Disfrútala, güerito.
Eduardo
October 13, 2005
La muñequita medía de cinco a siete centímetros en el fondo de aquel callejón amarillo de luz pública en la noche del inmenso deseo, desde donde avanzaba, pausadamente, hacia mí. Yo estaba recargado en el coche destartalado de mi madre luciendo la entrepierna arreglada bajo la mezclilla de un pantalón ajustado. Encendí un cigarrillo. Eduardo se paró de dos metros frente a mí. Era una chica hermosa.
—Soy Eduardo —me dijo.
El cigarrillo se me deshizo de nervios en los dedos.
Olor a mierda
October 12, 2005
Me senté en el trono sanitario con una edición baratísima de Pedro Páramo en las manos que no pude leer. Sobre las hojas flacas la impresión estaba casi completamente desaparecida. Decidí tirar toda esa miseria a la basura poco antes de levantar mi gordo culo de aquel nido sofocante que no podía soportarse. No había agua en el servicio: la manija estaba suelta. El olor a mierda se desplegaba con placidez por la anchura llana de mi casa. Y, para colmo, la soledad.